sábado, 30 de junio de 2012

"DEDOS MEÑIQUES", LOS ENTRESIJOS DEL ALMA RUMANA


Dedos meñiques
Filip Florian
Traducción de J. Llinàs
Acantilado, Barcelona, 2011, 224 páginas.


Acantilado publica la traducción de la novela que supuso el debut literario de Filip Florian, editada en Rumania con el título de Degete mici. La selecta editora barcelonesa se ha especializado en “otras literaturas europeas” (narradores del Este), junto con narradores españoles de primerísima calidad, aunque no con un perfil literario que los haga propicios para el consumo masivo. Esta es la razón de que Filip Florian engruese el catálogo de la Colección de Narrativa de Acantilado.
Dedos meñiques en su versión original (2005) recibió numerosos galardones y fue declarada la mejor novela del año 2006 por la Unión de Escritores Rumanos. Con esos avales, con la vitola de un debut excepcional, nos acercamos a esta historia, encerrada en una arquitectura narrativa de cajón de sastre, que sutura, bajo mi punto de vista, intriga policial, relato histórico y novela costumbrista en una trama en la que se hace presente la guerra, la alienación, los juegos de la política e inexplicables intervenciones a las que el alma rumana atribuye un carácter sobrenatural.
Un narrador omnisciente que relata en primera persona, nos refiere que en una minúscula aldea de los Cárpatos se ha descubierto una fosa común en las ruinas de un castro romano. El hallazgo de esos restos humanos suscita toda clase de conjeturas y una gran preocupación entre los habitantes del pequeño pueblo. Surgen los interrogantes, la turbación de las conciencias y el pasado reciente del propio país se pone en entredicho. ¿Fueron víctimas de un fusilamiento colectivo en la época comunista? ¿Son restos humanos de épocas más antiguas, fallecidos quizás como consecuencia de las pestes medievales o de un castigo divino, como piensa el padre Ioanichie? Además cada noche los esqueletos se ven privados de huesos de los dedos de sus manos.
Para solucionar el enigma, acude al lugar un equipo de antropólogos forenses argentinos, especializados, como si de una enfermedad crónica se tratara, en el análisis de los “desaparecidos”. Para el lector, un joven antropólogo local actuará de guía ante este maremágnum de información confusa, que parece envolver a la cerrada sociedad local, mientras ve llover y escucha a su tía evocar viejas historias familiares.
Filip Florian escribe una novela demasiado parsimoniosa, repleta de evocaciones y digresiones. Así, por ejemplo, la presencia de los antropólogos argentinos es para el narrador una buena excusa para introducir en la escena narrativa el golpe de estado de 1976 que, en el país austral, dio paso a la dictadura de Jorge Rafael Videla y a sus atrocidades. Pero también le permite desviarse para hacernos revivir el Campeonato del Mundo de fútbol del verano de 1986, con un Pibe de Oro que toca el balón con “la mano de Dios” y significó para los argentinos el campeonato, en medio, no de un régimen militar, sino del caos económico.
Filip Florian
Escritura, pues, rica, prolija, preñada de ramificaciones que generan un discurso narrativo demasiado frondoso, que ciertamente no facilita la lectura. La mezcla de costumbrismo, de creencias religiosas extravagantes, de denuncia política y una pausada instalación en la cotidianidad y en el imaginario mítico de una aldea de los Cárpatos, permiten acercarnos a los entresijos del alma rumana, pero la carencia de un hilo conductor solvente y un estilo que parece pretender ensimismarse en si mismo, hace que nos olvidemos con frecuencia del enigma de esos huesos a los que les faltan los dedos meñiques y nos veamos envueltos entre las brumas de la exuberancia, cuando esta se convierte en algo interminable.
                                               

Francisco Martínez Bouzas

jueves, 28 de junio de 2012

BOLIVAR, EN EL ESPACIO SIMBÓLICO DE LA LEYENDA

En busca de Bolívar
William Ospina
La otra orilla (Grupo Editorial Norma), Barcelona 2010, 253 páginas.

  
Sobre Simón Bolívar se han escrito bibliotecas enteras y sin duda alguna en el futuro  se seguirán escribiendo. Detalladas y rigurosas biografías como las de Masur y John Lynch y las mitificaciones narrativas que de su figura han inventado tantos escritores latinoamericanos. Y tal como lo habían hecho Caballero Calderón, Álvaro Mutis o García Márquez, también William Ospina nos agasaja con su versión del Libertador. Él es el más novelesco de los personajes históricos que parió Latinoamérica. Pero, tal como en este libro reflexiona el escritor nacido en Padua, tratamos de encontrar a Bolívar y sentimos a veces que todo nos queda fuera (página 223). La existencia de Bolívar es como una interminable y abigarrada sucesión de novelas. Una sola, ni siquiera ese viaje final por el río, sin saber cómo salir del laberinto, que inventó el pulso magistral de García Márquez, resulta suficiente. Porque además de ese Bolívar de la derrota, vislumbrado con los colores del desengaño, por los recuerdos y fantasmas que atrapó Gabo, hay un Bolívar de la infancia criolla, otro de una atribulada adolescencia, el hombre en su intimidad con el poder, sus campañas bélicas desmesuradas, las experiencias de una luchador impaciente que aprendió en la derrota como inventar repúblicas en selvas equinocciales para las que el pergeñaba la unión de todo un continente que desbarataron la mezquindad y la sed de poder de sus generales que querían naciones donde mandar y reproducir los vicios del poder colonial. Conocer a Bolívar es prácticamente imposible, porque no es solo conocer a un hombre, sino un mundo. Como dijo Neruda, está en la tierra, en el agua y en el aire.
   La propuesta de William Ospina resulta harto difícil de definir. No es un libro de historia. Como él mismo apunta, hay hechos históricos que solo se pueden nombrar plenamente más allá de la historiografía  y de la lógica del lenguaje, ya que en ellos no solamente participan los seres humanos, sino también “fantasmas sangrientos, dioses sin nombre, talismanes, conjuros de las novecientas rosas del mito” (página 209). Pero tampoco es una novela porque relata numerosos episodios verídicos. Quizás debamos contentarnos con la posibilidad de estar navegando en la nave de la leyenda, porque el autor de El país de la canela inyecta ficción en la realidad histórica con lo que sigue agrandando ese proceso de idealización, haciendo que la leyenda se siga extendiendo por la historia. Es la acción embellecedora de la ficción y William Ospina está en todo su derecho al apropiarse de este marcador semántico para hacernos vibrar con sus palabras.
   Mas el propósito inicial del autor es muy distinto: bajar a Bolívar de las estatuas, arrancarlo del mármol en el que lo había convertido América latina, fundiendo definitivamente al hombre y a su caballo. Sin embargo, lo que leemos es una nueva e intensa mitificación, llevada hasta la frontera de la épica. Con esa conciencia de que es imposible aprehender cabalmente a un personaje como el libertador, Ospina desgrana diversos momentos de la intensa peripecia vital de un hombre que, ni siquiera en los momentos en los que le halagaba la gloria, se estuvo quieto. Justamente porque nunca tuvo vocación de estatua.
William Ospina
   Resalta el autor, sobre todo, la capacidad de Bolívar  para reinventarse después de cada derrota, de la que aprendía la senda de la victoria. Su convicción, contrariamente a Miranda, de que la libertad de América la lograrían los mestizos y los zambos del marichal y de la ciénaga. Su infinito orgullo que se sobreponía a las apetencias de gloria. El síndrome de invulnerabilidad fortalecido en Jamaica al escapar azarosamente del asesinato planeado por uno de sus esclavos. También sus respuestas al horror con el horror en los días siniestros haciendo fusilar a ochocientos prisioneros españoles. Su determinación, frente a la mayoría de los criollos, de hacer coincidir el sueño de la independencia con el sueño de la libertad. Todas estas facetas son profundidades de un personaje que está a la vez en los escenarios brumosos de la historia, pero también en los espacios simbólicos de la leyenda. En ellas nos sumerge William Ospina con una prosa hipnótica de elevadísima exquisitez literaria, una oda poética, con influencias, sin duda, del Borges sentencioso y del Neruda enumerativo. Buenos y magistrales referentes, en mi opinión, para poner en práctica la intertextualidad al hablarnos de un hombre en el que quizás se cumplió la tesis de Freud de los que fracasan al triunfar, pero cuyo valor, ante los invisibles tribunales de la historia, se cristaliza en la fundación de cinco repúblicas, en la propuesta de que millones de seres humano fueran dueños de su destino y dejaran de ser siervos del despotismo de las coronas europeas. En definitiva, su creencia, convertida en realidad gracia a su indomable empeño, de que la libertad solo la alcanza la lucha de los pueblos, gestada por todas las clases de ciudadanos.

Francisco Martínez Bouzas

martes, 26 de junio de 2012

UNA CLAMOROSA FÁBULA ANTIFASCISTA


Mañana parda
Franck Pavloff
Traducción de Sergi Pàmies
El Aleph Editores, Barcelona, 24 páginas
(LIBROS DE FONDO)



Matin brun  (Mañana parda en su traducción al español) es un verdadero ejemplo de efectiva micro-literatura. Un libro de escasas páginas, 24 en su versión española, que se lee en unos minutos y que, sin embargo, en su brevedad, consigue transmitir con meridiana claridad las sabidurías de una clamorosa fábula antifascista.
 Para aquellos que no tienen demasiada fe en la utilidad de la literatura, la lectura de esta mínima fábula puede convertirse en un hallazgo que les haga reconsiderar su posicionamiento. Frank Pavloff es el autor de esta parábola antifascista, eficaz y al mismo tiempo muy alejada de los cánones habituales del discurso político. Un autor casi totalmente desconocido, hijo de un anarquista búlgaro, brigadista en la Guerra española, y de una partisana francesa, publicó este minúsculo libro en 1998 con una discreta aceptación. El éxito inesperado surgió repentinamente gracias al tesón de dos o tres periodistas entusiastas, y al temor e incrédula indignación que recorrió Francia en abril del año 2002 cuando Le Pén se convirtió en un posible venecedor de las elecciones francesas. Fue entonces cuando este libro minúsculo conquistó un público muy amplio, hasta el punto de triplicar, en el número de ejemplares editados, a la tirada del Premio Goncourt. Para promover la mayor difusión posible, Pavloff renunció a sus derechos de autor y El Aleph, la editora que lo publica en España, al beneficio comercial que hubiera podido obtener.
Matin brun narara la historia de un régimen político que elimina los gatos y perros que no son pardos. En la pequeña parábola aparecen como mudos espectadores dos amigos que se adaptan con tranquila indiferencia, privilegiando su propia tranquilidad y aplazando de forma indefinida el momento de rebelarse. Sacrifican sus perros y gatos y aceptan resignados las nuevas reglamentaciones, convencidos de que la “seguridad parda” podía tener su lado positivo.
Pero muy pronto libros y bibliotecas son depurados porque en los textos de las publicaciones no aparece el adjetivo “pardo” y los periódicos acaban siendo substituidos por el diario “Noticias Pardas”. Hasta que terminan siendo detenidos porque con anterioridad porque, o bien ellos o  sus familiares poseían animales no pardos y ahora tal hecho es delito. En el nuevo Estado Pardo todo el mundo es libre para hacer lo que le apetezca, siempre que sus pensamientos, acciones y deseos sean del mismo color. Una parábola pues contra la abulia diaria, contra el cansancio que apaga las conciencias de los ciudadanos. La literatura se convierte de este modo en el espejo en el que las personas se ven reflejadas y en un motor que nos empuja a actuar.
Hace más de setenta años que Erich Fromm intentó explicar desde la psicología las raíces del miedo a la libertad. Ser libres significa ser responsables de nuestros destinos. Una responsabilidad muy pesada que angustia a muchas personas que terminan delegando en un hombre fuerte para que decida por ellos. En su breve texto Pavloff explica con una brevísima parábola la misma crisis de la libertad en la civilización occidental contemporánea. Su historia es sencilla, pero tan efectiva que los periódicos franceses propugnaron que Mañana parda debería ser distribuido gratuitamente junto con los certificados electorales.

Francisco Martínez Bouzas



Franck Pavloff


Fragmentos

“Para los gatos ya sabía cómo iba la cosa. El mes pasado, tuve que deshacerme del mío, un gato de azotea que había tenido la mala idea de nacer blanco, con manchas negras. Es verdad que la superpoblación de los gatos se volvía insoportable y, después de lo que decían los científicos del Estado Nacional, era mejor conservar a los pardos. Sólo los pardos. Todas las pruebas de selección comprobaban que se adaptaban mejor a nuestra vida de ciudad, que sus camadas daban pocas crías y que comían mucho menos. Pero, bueno, un gato es un gato, y como era necesario solucionar el problema de una manera o de otra, venga, pues, el decreto que instauraba la supresión de los gatos que no fueran pardos. Las milicias de la ciudad distribuían gratuitamente bolitas de arsénico. Mezcladas con la comida, fulminaban a los gatos en un momento. Tuve el corazón oprimido, pero todo se olvida rápidamente.
Sin embargo, con los perros, eso sí me había sorprendido un poco más. No sé por qué, quizá porque son más grandes o porque son los mejores amigos del hombre como dicen. De cualquier forma, Charlie acababa de decírmelo tan naturalmente como yo lo había hecho con el asunto de mi gato, y tenía seguramente razón. Demasiada sensiblería no lleva a nada y, para el caso de los perros, es seguramente verdad que los pardos son más resistentes”.
…..

“Esta mañana, Radio Parda ha confirmado la noticia. Charlie forma parte seguramente de las quinientas personas que detuvieron. El hecho de haber comprado recientemente a un animal pardo no lo habría cambiado de mentalidad, dijeron. “Haber tenido un perro o un gato no conforme, el tiempo que sea, es un delito.” El orador incluso añadió “injuria al Estado Nacional”. Y tomé nota de lo que dijo seguidamente. Aunque no se haya tenido personalmente un perro o un gato no conforme, pero alguien de la familia, un padre, un hermano, una prima por ejemplo, si tuvo uno, aunque fuera una vez en su vida, se arriesga uno mismo a tener graves problemas.

No sé adónde han llevado a Charlie. ¡Vaya!, ahora sí exageran. Esto es una locura. Y yo que me creía tranquilo con mi gato pardo. Por supuesto, si buscan antes, no terminarán de detener a propietarios de gatos y perros.

No he dormido toda la noche. Debimos de desconfiar de los pardos a partir de que nos impusieron su primera ley sobre los animales. Después de todo, mi gato era mío, como su perro era de Charlie, debimos haber dicho “no”. Resistir más, pero cómo. Todo pasa rápidamente, el trabajo, las preocupaciones diarias. Los otros también bajan los brazos para estar un poco tranquilos, ¿no?”

(Franck Pavloff, Mañana parda)

domingo, 24 de junio de 2012

"MARIPOSAS NOCTURNAS", LA ESTRELLA POLAR DEL EROTISMO

Mariposas nocturnas
Nelson Jiménez Vivero
Editorial Revista Entre Líneas, Miami (EE.UU), 2012, 99 páginas.


Médico, graduado de escritor, realizador de programas de radio en Cuba y Venezuela cantautor, columnista de varios periódicos, profesor universitario, narrador en formato breve y sobre todo poeta, poeta cubano residente en la diáspora cubana en Miami, donde actualmente dirige la emisora Punto y Seguido Radio. Así se autodefine Nelson Jiménez Vivero, y así lo defino también yo, sobre todo para los lectores de esta orilla del Océano, que tanto nos separa y que nos priva de la policromía, de todos los colores, olores y sabores de la poesía centroamericana, de la poesía caribeña.
Seis poemarios y una Coda tienen holgada cabida en esta hermosa edición de la Editora Revista Entre Líneas. “La Espera”, “El Hallazgo, “La Pareja”, “La Distancia”, “La Ruptura”, “La Historia”  y esa “Coda” que le pone el ramo a esta pulcra y bella publicación. Casi cien poemas que ven luz en este año favorito de agoreros, que no son productos de la imaginación -confiesa el escritor-, sino recuperación, a través de senderos líricos, siempre más cortos, siempre más enigmáticos, de historias de amor que jamás debieron terminar.
Como las mariposas nocturnas, esclavas de la luz, amigas de la luna, hoy rompen la obscuridad de la noche y retoman la claridad y la alegría de la existencia. Y en noche de luna llena, me dejo embrujar, en efecto por este singular yo poético instalado en el espacio vital de la soledad, un topos que destruye el tiempo, el espacio y recupera, la memoria, recobra sobre todo las huellas del amor.
Escritura nocturna quizás la de Nelson Jiménez, una agenda noctívaga donde el yo poético se propone registrar, en abigarrada diversidad, los sentimientos, los pensamientos, los recuerdos que poblaron sus noches o quizás sus amaneceres. Convencido de que esta es la chispa que enciende el fuego lírico de Nelson Jiménez, recorro sus versos, el registro periódico de su intimidad, de un yo que escribe no solo para si mismo -aunque también es esta escritura autorreferencial-, sino sobre todo para ese “tú” destinatario de estos poemas que destilan océanos de amor. Y en el recorrido me embrujan, efímeros e irrecuperables, los secretos camuflajes, las encubiertas complicidades. Los “tus” íntimos que transitan estos versos, reales pero opacados y que, sin embargo, siguen nutriendo los cardiogramas todos del alma. Y por ello mismo, ahora retornan como imágenes copiosas, como memoria, sí como memoria subjetiva –memoria de la memoria, como proclamó Agustín de Hipona-, preservadora de promesas y de resistencias.
Dejándonos perder en estos territorios de enigmática belleza, explotan emociones y sentimientos y nuestro ser es sacudido por esa gran verdad y milagro del mundo que es la poesía. Es por ello que regresamos compulsivamente a estas Mariposas nocturnas, atraídos por la luz de la llama de las velas. Y como ellas en sus vuelos, los poemas de Nelson Jiménez utilizan mecanismos de navegación, ahora que viven no solo en sus archivos digitales, sino también en nuestras lecturas. Serán los puntos cardinales, la estrella polar  del erotismo, un finísimo erotismo, que se nutre en historias de pasión, esa pasión que, como árbol frondoso, se refugia en el “bosque oxigenante”, que brota a media noche y mantiene su frondosidad en este “astro perpetuo” que apenas somos capaces de descubrir.
Poemas extremadamente sensoriales, esculpidos con igual maestría en la prosa poética, en el verso clásico y en el verso libre, sin puertas ni fronteras. Versos tallados en la limpieza y en el brillo de materiales nobles y con la belleza de un tamaño enorme. Observaciones epigramáticas, algún fragmento meta-escriturario, torrentes de materia autobiográfica pueblan la poesía e Nelson Jiménez. He aquí pues la substancia de estas Mariposas nocturnas que se completan con los Poemas del Inestar, recogidos en un CD con el aderezo de música incidental. Quizás su autor es pequeño y diminuto. Lo ignoro. Inmensos, sin embargo, los ojos y el espinazo de sus versos.

Francisco Martínez Bouzas
   





Poemas de Mariposas Nocturnas


MEJOR ARRÁNCAME EL TIEMPO

“Mejor arráncame el tiempo
que tengo ocupado en pesarte,
y los brazos con que te escribo
y  los sueños y los plazos.

Arráncame todo cuanto quiero darte,
hasta saciarme de esta necesidad enfermiza
de alcanzar la entrega.
Arráncame el olvido”
…..


MIENTRAS DORMÍA

“Anoche, mientras dormía
despertaste en mi tu sueño
y me sentí tan pequeño
que en tu bolsillo cabía.
Me sorprendió la osadía
de aquella noble figura
que buscaba una ranura
para escapar hacia el viento,
y me quedé sin aliento
entre el sueño y la locura”

…..

TU NOMBRE

“El vacío,
lleva tu nombre.
La calle, la red, la búsqueda, la crueldad
también llevan tu nombre sobre el lomo,
como un caga amarga,
lengua de mis inocencias.
Cuánto no quisiera borrar las letras,
saber que no existes, desarmarte.
Te inventé, me creí, no eres culpable,
solo yo en la locura podía concebirte,
tú nada más que pusiste el rostro,
cada rasgo implantado escapó de ti
y va quedando eso que maneja un auto
de casa en casa rebuscando su índole paralela,
eso que en tierra crece a montones,
lo que veo en cada esquina de estas ciudades
donde el amor no pudo emigrar porque era un lastre
para todos los barcos”

(Nelson Jiménez Vivero, Mariposas nocturnas,, páginas 13, 27, 69)

jueves, 21 de junio de 2012

HISTORIAS ERÓTICAS,: CUANDO EL DESASOSIEGO SE MEZCLA CON EL PLACER

Eso no
Marcelo Birmajer
Tusquets Editores, Barcelona, 219 páginas
(LIBROS DE FONDO)


En el mes de diciembre de 2003 Tusquets Editores sacaba a la luz Eso no, novela que el jurado del XXV Premio La Sonrisa Vertical había declarado finalista, a la vez que recomendaba su publicación. El jurado apreció en los relatos de Marcelo Birmajer (Buenos Aires, 1966) seis ejemplos paradigmáticos de literatura erótica, un terreno difícil y ciertamente pantanoso que admite opiniones encontradas, ya que no resulta fácil fijar las fronteras del erotismo, quizás el género más borroso y difícil de precisar. Para Vargas Llosa, por ejemplo, no existe literatura erótica, sino erotismo en grandes obras literarias y apela a dos piezas maestras donde eso acontece: La Celestina y Lolita de Nabokov. Otros escritores, entre los que me viene a la mente el nombre de Lola Beccaria, van mucho más allá. En declaraciones efectuadas cuando presentó su novela Una mujer desnuda manifestaba que es reaccionario etiquetar un libro como novela erótica. Para un jurado tan legendario como el de La Sonrisa Vertical, presidido por Luis García Berlanga desde su creación en 1977  hasta su suspensión en 2004, los buenos libros  susceptibles de hacerse merecedores del premio, han de reunir dos condiciones: tensión erótica y una satisfactoria elaboración literaria.
Ambos desafío y alguno más supera Marcelo Birmajer en esta su primera y única incursión en el controvertido género erótico. Nos brinda, en primer lugar, una obra en la que la sexualidad ocupa un espacio al menos tan importante como la trama: el relato detectivesco, el viaje en el tiempo propio de la ciencia ficción, la literatura de terror, la novela de espías, el diario íntimo y el cuento tradicional. Ese fue su reto: abordar en tono erótico algunos de estos géneros narrativos clásicos. En todos lo relatos anteriormente mencionados, que son los que componen el volumen, se centra además en un único tema erótico que tiene que ver con el lugar donde la espalda pierde su nombre. Birmajer supera esta prueba con una escritura rigurosa y de calidad literaria.
Eso no confirma sin duda a un escritor que desde hace tiempo suena como una de las grandes promesas consolidadas  de la más reciente literatura argentina. Mezcla de Woody Allen y Somerset Maughan,  es uno de los pocos narradores de su generación que se deja escuchar con voz singular. Una voz que, como en una de sus obras más conocidas, Historias de hombres casados, siempre consigue filtrar por medio de la intriga y del humor un buen contenido de preocupaciones recurrentes: los interrogantes acerca de la identidad, el irreversible paso del tiempo, la existencia de un lugar donde los valores morales cambian o desaparecen, la idea de que los acontecimientos actuales pueden alterar el pasado.
El escritor, para el que las restricciones funcionan como un motor creativo, piensa que en literatura resulta fundamental incomodar al lector, producir en él grandes desasosiegos.
Así pues, no escribe historias para representar a una generación ni para reflejar la realidad que atraviesa o coloniza su país. Ni siquiera para referir dramas históricos o conflictos personales. Escribe historias para inquietar, para producir esa extraña sensación de saber que en el período de tiempo en el que uno está leyendo, nada acontece y, sin embargo, al terminar la lectura, uno tiene la certeza de que algo sucedió en nuestro interior. Algo inexplicable y a la vez irreversible. He aquí el “darse” al lector de Marcelo Birmajer que se puede apreciar en estos relatos en los que el desasosiego se mezcla con el placer.

Francisco Martínez Bouzas



Marcelo Birmajer

Fragmentos

“Si bien es cierto que yo necesitaba atisbar los genitales del señor Tures, no era menos cierto que, por mi espejo secreto, al que ningún cliente tiene acceso, podría apreciar también las nalgas de mi nuevo y furtivo empleador. Tenía un culo redondo y lampiño. Siempre me había negado a las muchas ofertas para penetrar anos masculinos, pero debido al incremento de las mismas en los últimos meses, decidí que, de aceptar alguna vez semejante proposición -dado el cambio ontológico que significaría para mi vida-, elegiría el mejor culo que hombre alguno pueda proporcionarme. Pensaba hacerlo una sola vez, y esa debía ser, por única, la mejor comparada con todas las ofertas que me hiciesen. Reconozco que miré durante mucho más tiempo de lo que hubiera querido el culo casi femenino de mi pobre cliente, al punto que éste me llamó la atención, creyendo que me había distraído”

…..

“De todas las mentiras entre amantes, la del único amor es quizás la más efectiva, y perniciosa. Suele funcionar especialmente con las mujeres solas, sin marido ni novio, que pasan largas semanas sin follar, o follando sin escuchar una palabra de ternura. Ana Laura tenía treinta y nueve años, y era guapa, inteligente y, cuando quería, sensual. Hasta los treinta había preferido no comprometerse en ninguna de sus muchas relaciones, y después de los treinta había descubierto que ninguna de sus muchas relaciones quería comprometerse con ella. Los hombres la buscaban sólo una vez: no insistían si ella se negaba, y no la llamaban más que para follar en ocasiones. Ana Laura conocía los tonos de voz, y éstos indicaban: «Mi esposa está de viaje», «Mi novia está trabajando», «Estoy más solo que un faro», etcétera. Era una mujer suplente”.

(Marcelo Birmajer, Eso no, páginas 13, 133)

miércoles, 20 de junio de 2012

"TREN A PAKISTÁN",UN CLÁSICO DE LA LITERATURA INDIA

Tren a Pakistán
Khushwant Singh
Traducción: Marta Alcaraz
Libros del Asteroide, Barcelona 2011,246 páginas.

 

   Tren a Pakistán, una de las novedades editoriales con las que Libros del Asteroide inaugura el año 2011, surge de una experiencia. En agosto de 1947, poco antes de la partición del Indostán en dos estados independientes, India y Pakistán, Khushwant Singh, abogado en prácticas en Lahore, se dirigía a la residencia veraniega familiar, al pie del Himalaya. De pronto en una carretera controlada por los musulmanes y casi siempre vacía, se encontró con un jeep cargado de sijs, que, a voces y llenos de orgullo, le relataron como acababan de asesinar a todos los moradores de una aldea musulmana. Fue  a partir de esta experiencia y de otros testimonios como K. Singh decide escribir este clásico de la literatura india, publicado en inglés, la lengua franca del subcontinente.
   Tren a Pakistán es por supuesto ficción, pero ficción que se basa y se incrusta en la realidad histórica, en lo acaecido en el Indostán, en la colonia británica, en 1947: el terrible caos y la violencia provocados por la partición del territorio en dos países: un Pakistán musulmán y una India hindú. Lo que durante siglos había sido una convivencia pacífica entre hindúes, musulmanes y sijs de pronto estalló y se convirtió en una absoluta intolerancia que se extendió con la rapidez y virulencia del monzón. Los disturbios se multiplicaron generando oleadas de desconfianza en las tres comunidades, que se acusaban mutuamente de ser los causantes de los mismos. Millones de desplazados huyen de la muerte o son deportados a la fuerza. Y es el tren, una de las grandes imágenes icónicas de la India, el que servirá de medio para escapar de la barbarie y del horror. Pero hubo ocasiones en las que el tren se transformó en la máxima expresión del odio y del espanto: trenes cargados de musulmanes fueron asaltados por sijs, masacrando a todos sus ocupantes y enviándolo a su destino, Pakistán. Del otro lado, una respuesta igual de horrorosa y contundente: trenes cargados de sijs asesinados llegaban al territorio indio.
   Basándose en esta realidad histórica, Khushwant Singh crea un texto narrativo, inyectando ficción en la realidad histórica. Como marcador semántico que es, desde ese momento todo queda sometido a las leyes de la ficción. En rigor, pues, no es esta una novela histórica. La historia queda anulada es verdad, pero la trágica y a la vez hermosa historia que narra K. Singh, la ilustra bellamente.
   Quizás por eso el autor, en vez de narrar la partición del Indostán en términos políticos, focaliza su mirada e una remota aldea del Punjab, que todavía no se había visto contagiada por el miedo y la locura colectiva, profundizando en los acontecimientos locales y explorando sobre todo la dimensión humana de sus protagonistas, captando con aguda sensibilidad y describiendo con credibilidad todo el horror que en ese lugar perdido se producirá. Es la aldea de Mano Majra, anclada en la artificial frontera que divide  a los dos países. Sus habitantes viven a ritmo del tren que pauta sus actividades, sus sueños y despertares en pacífica convivencia. Así había sido siempre hasta ese fatídico verano del 47. En esa fecha, unos bandidos   (“dacoits”) asaltan la casa del prestamista al que roban y asesinan. Es el único hindú del pueblo, morador de una de las tres casas de ladrillo. El resto, musulmanes y sijs, viven sumergidos en la miseria A  partir de ese momento se desencadena la trama. Primero, la investigación policial y judicial por parte de los funcionarios locales, ineptos, corruptos y torturadores. Y un día, entre medianoche y el alba, arriba a la estación de Mano Majra un tren fantasmal proveniente del lado pakistaní, con un siniestro cargamento: miles de sijs asesinados. La aldea se convierte así en el cruce de caminos, de odios y en el paso del río que arrastra flotando hombres y mujeres bárbaramente destripados o mutilados.
Khushwant Singh
   Khushwant Singh, echando mano de una prosa suntuosa y envolvente y con un dominio perfecto del arte de la descripción detallada, entreteje con gran habilidad las peripecias individuales, enmarcándolas en este friso espantoso y demente. Y sobre todo nos acerca al lado humano de sus personajes, víctimas del incendio de la locura colectiva y de una estratificación social perniciosa, basada en las castas y en la religión, tal como nos muestra el siguiente párrafo: La India sufre de estreñimiento por haberse empachado de tantas tonterías. Tomemos como ejemplo la religión. Para los hindúes, significa poco más que las castas y las vacas protegidas. Para los musulmanes, circuncidarse y comer carne kosher. Para los sijs, llevar el pelo largo y odiar al musulmán. Para los cristianos, hinduismo con salacot. Para los farsi, adorar el fuego y alimentar a los buitres. La ética, lo que debería ser el meollo de cualquier código religioso, ha sido cuidadosamente eliminada” (página 230).

Francisco Martínez Bouzas

domingo, 17 de junio de 2012

LAS CINCO MUERTES DEL BARÓN AIRADO


Las cinco muertes del barón airado
Jorge Navarro
Seix Barral, Barcleona, 2011, 333 páginas.



Con Las cinco muertes del barón airado debuta Jorge Navarro en  la narrativa con mayúsculas, en la novela de formato largo y lo hace de la mano de una marca editorial de gran prestigio, la centenaria Seix Barral y en su colección emblemática: Biblioteca Breve. La novela, que comenzó siendo un relato con el que el autor obtuvo el premio literario Federico Muelas-Ciudad de Cuenca, reposaba en el cajón del escritor desde el año 1996. En aquellas fechas, Pere Gimferrer la descubrió, decidió publicarla, pero “los hados se torcieron” hasta 2009 en que definitivamente se enmendó su destino de novela impublicable.
Jorge Navarro agasaja al lector ante todo con una novela de intriga y ambientación costumbrista, que amalgama perfectamente historia y ficción, si bien con el predominio de esta última, en el turbulento final del siglo XIX barcelonés, un escenario literario privilegiado, entre dos acontecimientos que marcan fronteras: el atentado del Liceo contra el capitán general Martínez Campos y el crimen de Castelldefels. Es una época de grandes agitaciones, una época híbrida en la que conviven, en evidente disonancia, las viejas querencias de una sociedad cerrada, clasista, rebosante de temores ancestrales, odios, caciques que ejercen el poder, y lo nuevo, los nuevos fermentos generados o auspiciados por el sufragio universal, las ideologías revolucionarias, el progreso, la industrialización, el ferrocarril…
En esa precisa época (1893), sitúa Jorge Navarro una narración que pivota  entre la figura y avatares del gran protagonista de la historia, Amadeo Castellfullit y Rocafort, barón de Castellfullit, uno de los hombres más ricos y poderosos del país, personaje inventado, si bien apropiándose de ciertos rasgos, guiños y magnificencias del banquero Manuel Girona. Y el crimen de Castelldefels en el otro extremo de la narración
El barón de Castellfullit es el estereotipo de los prohombres de la rancia nobleza de la España decimonónica: prepotente, manipulador, megalómano. Par él la única ideología válida es la del dinero y el poder (página 33). Ante las autoridades eclesiásticas pasa por ser un hombre justo y virtuoso, porque sufragaba los gastos de la Iglesia. Pero su personalidad se construye sobre los cimientos de la hipocresía y la inmoralidad. Viaja a Madrid -así da comienzo la narración- con la intención de convencer a la Reina Regente y a los destacados miembros del poder y del partido conservador, de la necesidad de orquestar un golpe de fuerza (“La Gran Causa” eufemismo de una dictadura militar). Desde ese momento se convierte en un grave problema que es preciso eliminar. Pero son muchas más las personas, comenzando por su esposa, que le detestan. Todas tienen motivos para desear su muerte, que de hecho planean, aunque de forma ineficaz. En la órbita de este tirano soberbio actúan una serie de personajes de lo más variopinto. Algunos como su mujer Eulalia, Sofía Reina y el pintor Ramón Casas, coprotagonistas; otros, secundarios que se mueven en distintos  planos.
Audacia y mérito del narrador es sin duda unir, sin discordancias, esta historia ficticia con el crimen de Castelldefels, un hecho real que conmovió a la sociedad barcelonesa de entonces, causando perplejidad y estupor en la opinión pública, y que llevó al garrote vial a Joaquín Higueras / Figueras. El escritor conoce perfectamente los entresijos de este crimen y los del juicio posterior, por ser coautor del estudio El crimen de Castelldefels (1999). La novela desfigura ciertos datos, como el número de asesinados y el nombre de algunos personajes, pero, en general, es fiel a la realidad, hasta el punto de reproducir literariamente, con pequeños adornos, los discursos de los actores del juicio. Un jurado popular, manipulado por “la grandilocuencia y la chispa humorista” del Presidente del tribunal, apoyando siempre los argumentos del fiscal y burlándose de los de la defensa, condenó a muerte al inculpado, que sería ajusticiado poco después, vistiendo la misma hopa con la que fue ejecutado Santiago Salvador, el acusado del atentado del Liceo.
En la narración de este crimen y posterior juicio y ajusticiamiento del acusado se pone de relieve la hipócrita paradoja de la doble moral de la época: ciertos prohombres de aquel momento defienden y consideran aleccionadora la pena de muerte, mas, al mismo tiempo, pretenden liberarse del sentimiento de culpa, realizando súplicas humanitarias a las altas instancias de la nación.
La novela insiste en la repercusión expiatoria de Castellfullit, consciente de que se ejecuta a Higueras / Figueras para disimular errores cometidos; el más importante de todos, el hecho de que el barón siga vivo.
En el haber del debut de Jorge Navarro, subrayo desde mi punto de vista, su competencia para mantener la intriga a lo largo de más de trescientas páginas; la integración de un amplísimo número de personajes; su modulación hasta el punto de lograr personajes redondos, que evolucionan a lo largo del relato (son antológicos los del barón, su esposa Eulalia y el pintor Ramón Casas); el trabajo de documentación que le permite crear con gran verosimilitud escenarios, tiempos y, sobre todo, ese espacio costumbrista de la Barcelona finisecular. La audacia así mismo para atrasar o adelantar acontecimientos  históricos, justificable debido al carácter ficcional de una obra paradigmática desde el punto de vista de la inyección de elementos novelescos en los acontecimientos históricos. Son los “desmanes” que el escritor confiesa haber cometido, pero de los que no se arrepiente porque favorecen la “redondez” de la novela (página 332).
Y en el debe de Jorge Navarro mi lectura anota una cierta lentitud, premiosidad y sobreabundancia de detalles. Y, sobre todo, un final poco creíble: un barón airado y prepotente que, de pronto, cae del caballo y se impone una penitencia que se convertirá en venganza para toda su dinastía, no deja de ser una contrición inverosímil.

Francisco Martínez Bouzas



Jorge Navarro

Extracto

“El mayordomo la había aleccionado convenientemente la noche anterior: «Será el señor quien la desvista. Cuando el señor empiece a besarla, no tenga miedo, baje los ojos y déjese hacer todo los que el señor desee», le dijo levantando el dedo índice. «Mas un consejo le doy, señorita: no lleve nunca la iniciativa, ya  que al señor le gustan las mujeres pasivas y carentes de imaginación. La señora que me la ha recomendado afirma que usted es completamente inexperta en estas lides. Si eso es cierto y por la mañana resulta que se ha comportado como una chica obediente, se le recompensará con generosidad y se le volverá a llamar, téngalo en cuenta» (…)

   “-Es bien conocido por todos los presentes que el Excelentísimo señor Amadeo Castellfullit ha cumplido de manera espléndida el generoso ofrecimiento que le hiciera hace seis años en la silla catedralicia de construir a sus expensas la fachada de la catedral. Según los cálculos que obran en mi poder, la suma pagada hasta la fecha asciende a un millón de pesetas.
La cantidad expresada hizo que las exclamaciones de admiración llenaran  completamente el espacio de la sala. Murmuró el deán:
   -El barón es, sin duda alguna, un hombre bueno.
Musitó el canónigo magistral:
   -Un santo varón.
Manifestó con marcado acento de Vich, el chantre:
   -Un hombre justo como no los hay”

(Jorge Navarro, Las cinco muertes del barón airado, páginas 12, 59-60)

miércoles, 13 de junio de 2012

AMELIE NOTHOMB Y LOS CUERPOS OBESOS

Una forma de vida
Amélie Nothomb
Tradución de Sergi Pàmies
Editorial Anagrama, Barcelona, 2012, 146 páginas.


Es la novelista francesa menos francesa de todas las que utilizan el francés, pero sin duda alguna es la que más libros escribe al año: tres de los que publica uno, que acostumbra ser el más vendido en el país vecino. Escribe con ejemplar tenacidad, como víctima de una compulsión bulímica. Setenta y cinco libros desde sus comienzos en la escritura a los veintiún  años. De ellos se han publicado dieciocho. Ella misma cree estar habitada por el hálito de una “escritora serial” que la obliga a escribir con absoluta disciplina, a  un ritmo insostenible, todos los días del año. Se autodefine como grafómana, como una maniática de la escritura, ya que si no escribe se vuelve peligrosa.
Es Amélie Nothomb. La “sale gosse”, la chica mala de la literatura francesa se reveló en efecto en 1992 como un prodigio precoz con Higiene de l’assassin, una novela que vendió más de trescientos cincuenta mil ejemplares. Años más tarde, con Stupeur e tremblements (1999), la escritora, que tiene siempre al Japón como país de referencia, conquistó definitivamente su público. Cientos de miles de ejemplares editados y vendidos y el galardón del “Gran Pris” de la Academia francesa.
Autora de obras breves y a la vez refinadas, hoy en día Amélie Nothomb es una escritora muy popular, autora de culto para algunos y uno de los fenómenos más interesantes de las últimas décadas, porque sabe conectar con inaudita complicidad con las inquietudes de nuestra época. Las novelas de Amélie Nothomb -y Una forma de vida no es una excepción- acostumbran estar escritas alrededor de algunos de los temas que definen o agobian nuestro mundo contemporáneo, acontecimientos o hechos recientes y sus viejas y perennes obsesiones. Una de ellas tiene que ver con su propio cuerpo: fue anoréxica desde los trece hasta los veintiún años.
Amélie Nothomb es desde hace mucho tiempo epistológrafa, epistológrafa convertida en escritora y esta novela pone a prueba su talento epistolar y su destreza como narradora. Su hábito de responder a todas las misivas de sus lectores está en el origen de la trama que reproduce en la ficción de Una forma de vida.
Así mismo y como casi todas las obras de la narradora que suelen tener un fuerte componente autobiográfico, en esta novela, aún sin reproducir ficcionalmente su propia vida, se incluye a si misma como personaje principal, en una línea de autorreferencialidad del yo, con claras repercusiones en el plano enunciativo, ejercido por una narradora en primera persona cuyo nombre es precisamente Amélie Nothomb, novelista de profesión.
La novela, en efecto, da comienzo cuando la novelista Amélie Nothomb recibe y lee una carta de un soldado norteamericano, Melvin Mapple, destinado en Irak desde el inicio de la guerra. Ha leído todos los libros de la escritora e inician entre ambos un epistolario que nos descubre de inmediato la enfermedad que contraen no pocos soldados en el frente de batalla: no se trata de una vergonzante enfermedad venérea, sino de la obesidad. En los seis años de la contienda, Melvin Mapple ha engordado ciento treinta kilos. Él y otros como él comen y recomen para no morir. El lector accede a este epistolario y entra en un estado de shock porque la correspondencia perfila un relato alucinante: Melvin Mappale identifica su obesidad con Scherezade, con una hermosa mujer tumbada sobre su cuerpo, cuya suavidad de enamorada acaricia por las noches. Los soldados americanos obesos son en Irak a la vez la mejor diana y los saboteadores. Los mandos los colocan en primera línea porque son el mejor escudo humano y su presencia actúa de pararrayos (“los iraquíes pasan tanta hambre que nuestra obesidad constituye una provocación, nosotros somos los primeros a quienes desean borrar del mapa” (página 31).
Pero también se consideran saboteadores porque al ejército le salen caros: comen en cantidades espeluznantes, cada mes deben de cambiar de uniforme e igualmente en gastos de salud e incluso judiciales su factura es elevada porque son obesos por culpa de George W. Bush. La comida es pues como mejor sabotean al sistema.
El soldado Mapple  se siente culpable de lo que ha hecho en Irak, aunque no tiene la sensación de haber sido él, sino su obesidad, que es su obra: algo involuntario, pero que tiene un sentido: ser capaz de hincharse cada vez más, convertirse así, por insinuación de la escritora, en Body Art que exprese ante el mundo el horror de la guerra. Es la elocuencia de la obesidad, llevada al esperpento, que hace que el soldado Mapple alimente con su obesidad sus fantasías artísticas.
En el desenlace, el humor surrealista, la ironía brutal y grotesca del relato toma un giro inesperado y da la impresión de que es la escritora la que paga el pato. Mas no es así, simplemente porque el mitómano corresponsal convierte su infierno en otro infierno y en una “forma de vida”, ya que la correspondencia con la escritora garantizaba su historia y, gracias a ella, tuvo durante unos meses lo que antes nunca había tenido: dignidad.
Una novela para gozar hasta extremos difícilmente imaginables. Y también para meditar. Cavilar sobre el problema del cuerpo y su aceptación, sobre el Body Art, sobre el horror y el sinsentido de la guerra, sobre el papel del escritor en la sociedad. Y una reflexión sobre la escritura: ser escritora, para Amélie Nothomb significa buscar desesperadamente la puerta de salida.
Quizás la novela más metaficcional de Amélie Nothomb por su carácter autorreferencial, con una estructura epistolar que mezcla hábilmente reproducción de cartas con un relato en primera persona que las sutura y que recupera lo mejor de la escritora belga: la crítica soterrada y afilada, el humor a la vez grotesco e irónico que retrata de forma descarnada los rasgos y los tics de una sociedad cada día más alienada y enloquecida.

Francisco Martínez Bouzas


Amélie Nothomb

Fragmentos

“Somos los primeros en aborrecer la apelación de gordos, y entre nosotros nos llamamos los saboteadores. Nuestra obesidad constituye un fantástico y espectacular acto de sabotaje. Al ejército le costamos caros. Nuestra comida es barata, pero la consumimos en cantidades tan espeluznantes que la factura debe de ser considerable. Menos mal que paga el estado. En determinado momento, a consecuencia de una queja de la intendencia, los mandos intentaron hacer pagar a los que repetían. Tuvieron la mala suerte de intentarlo no con un buen muchacho sino con nuestro colega Bozo, el gordo más malo por excelencia. ¡La cara que puso Bozo cuando el guardián le entregó la factura!  No me crea sino quiere, Bozo se la hizo tragar. Y cuando se la hubo tragado, Bozo gritó: «Puedes estar contento. Si vuelves a hacerlo, te comeré a ti». Nunca más volvió a hablarse del tema”

…..

“Querida Amélie Nothomb:
Su carta me llega en el momento adecuado. Mi moral no puede estar más baja. Ayer nos enzarzamos en una discusión con los delegados del contingente. Fue durante la cena. Nosotros, los obesos, solemos juntarnos para comer: eso nos permite atracarnos sin complejos, entre nosotros y no tener que soportar miradas y comentarios desagradables. Cuando uno de los nuestros se excede atracándose más de la cuenta, le felicitamos con un comentario elogioso de cosecha propia: «That’s the spirit man!» Esta frase activa nuestra hilaridad, a saber por qué.
Anoche, sin duda debido a la falta de combates de estos últimos tiempos, los otros se sentaron alrededor de nuestra mesa con la intención de provocarnos:
- ¿Qué tal bolas de sebo, cómo os va?
Como empezaban con suavidad, no nos preocupamos, y respondimos con las banalidades habituales.
-¿Cómo os las apañáis para comer así siendo ya tan enormes? Con vuestras reservas, no deberíais tener hambre.
-Tenemos que alimentar nuestros kilos –dijo Plumpy.
-A mi me repugna veros comer así – lanzó uno de los atontados.
-Pues no mires –respondí.
-Sí, pero ¿cómo lo hago? Monopolizáis todo el campo visual. Ya nos gustaría contemplar algo distinto, pero siempre hay un gordinflón que nos lo impide”

(Amélie Nothomb, Unas forma de vida, paginas, 37-38, 44-46.

domingo, 10 de junio de 2012

"APUNTES DE MEDICINA INTERNA", LA MEMORIA PERDIDA Y LAS FALSAS APARIENCIAS

Apuntes de medicina interna
José Manuel de la Huerga
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2011, 198 páginas.


En cada familia suele esconderse un puzzle oculto o semioculto cuyas piezas no resulta fácil encajar, sobre todo cuando lo que salta a la vista es la historia oficial. La otra acostumbra ser invisible como la parte oculta del iceberg. Tal es el núcleo de la historia que el narrador José Manuel de la Huerga (1967) traslada a los lectores en este Apuntes de medicina interna, que en realidad nada o muy poco tienen que ver con la medicina sino con una historia familiar. Dos fechas (abril-octubre de 1993) jalonan temporalmente esta historia que el escritor nos ofrece en un relato sin fisuras.
En la primera de ellas un recién titulado en medicina se establece en una vieja casona familiar, en El Castril,, un pueblo costero de Cantabria. Acude allí con la excusa de preparar el examen del MIR. En realidad, sin embargo, solo desea estar al lado de una amiga de juventud, un amor adolescente, la chica del bar. Ella será una de las mujeres decisivas a través de las que se canaliza el relato, a la vez que, incluso sin pretenderlo, arrastra al recién titulado por paisajes inquietantes y estancias adúlteras. Y junto con su suegra enciende en él la chispa que le fuerza a investigar la vida del abuelo, eminente médico rural de la comarca.
El protagonista busca desde ese momento la hebra del pasado y, a través de la conversación con estas dos mujeres, irá descubriendo la versión oficial de la vida del abuelo, un médico de la montaña, de mineros y de pescadores y, que a pesar de ser afecto al Régimen, atendía en sus invernales a los enfermos o heridos del maquis que apenas aparecen en la novela, pero que cuando lo hacen actúan como elemento simbólico, como la balanza en la que contrastan su moral los miembros de la familia, y actúan de preanuncio de las falsas apariencias, de las realidades familiares escondidas en las sombras y que nadie quiere ni se atreve a destapar.
El encuentro con un hermano de su madre, la bestia negra de la familia, contagiado  con el Sida, comienza a poner en entredicho la sacrosanta biografía oficial del abuelo. Aparece entonces otra mujer, Sarah, que ayuda al protagonista a encauzar sus sentimientos y deseos y sobre todo esos apuntes familiares en los que se ha convertido su estudio del MIR. Será así como el protagonista comience a descubrir  la otra parte de la vida del abuelo, aquella que no aparece enmarcada en la orla de honor familiar. Su parte más íntima. La relacionada con las pasiones, la parte de cintura para abajo, que nadie quier ver porque puede enturbiar un expediente profesional y personal impoluto. Es la parte sumergida en la que entran las ausencias del hogar, la dejación de las funciones paternas y la callada afección al Régimen, que le permite auparse a las estructuras de poder.
Medio siglo pues de historia familiar en una operación de rastreo de la que surgen “héroes” de carne y hueso. “Héroes” familiares con luces y sombras y, sobre todo, con el cruce de ambas de las que sale a flote la historia extraoficial de la familia. La doble vida del abuelo, una infidelidad de dos décadas, los  tejemanejes y componendas con los poderes políticos para conseguir la dirección del Hospital Marqués de Pedreña.
La narración de José Manuel de la Huerta  avanza entrecruzando acontecimientos del presente del relato con recuerdos de la niñez. Un presente que mediante analépsis remite constantemente al propio pasado del protagonista, convirtiéndose así la novela no solo en un relato de la complejidad de las relaciones familiares y sobre las falsas apariencias, sino también en una novela de formación.
Relato que fluye pausado, sin fisuras, en un ritmo sereno, sin forzar nada y sirviéndose de un lenguaje cuidado y a la vez compresible con una plausible reproducción del habla coloquial dialectal de Cantabria, cuando intervienen personas del pueblo, que aclimata con autenticidad el relato al corazón de las montañas y marinas cántabras.

Francisco Martínez Bouzas


José Manuel de la Huerga

Fragmento

“Volví a la carga, le argumenté a Marieli que esa noticia era un bulo de El Castril, en todo pueblo tiene que haber una mentira que a fuerza de decirse se convierte en verdad. Me dio más datos, los mellizos no eran tales, mi abuela aprovechó la coincidencia de ambos embarazos, el suyo y el de Virucos, para hacer creer luego que los dos niños eran mellizos, nacidos dentro del matrimonio. Doña Tina supo de la infidelidad de su marido,  y en un calculado ejercicio de cinismo y rabia, se había quedado embarazada como último intento de mantener al esposo dentro del matrimonio. Creería que su marido se había apartado porque no le había dado ningún varón. Para que los trapos sucios se lavaran en casa, encerró a Virucos, cuando la preñez era evidente. Dormía en el cuarto de abajo, el que luego fuera de Edu. Y las dos mujeres embarazadas no salieron de casa hasta que hubo niños. Uno salió dañado, Edu, el legítimo, y otro, el bastardo, nació sin daño. Fue Berto. La noticia corrió como la pólvora, pero la abuela fue lista, no tuvo más que estar callada. La gente empezó a murmurar que el legítimo era Berto y Edu, el ilegítimo, un castigo de Dios. Para que todo quedara bien representado, Edu  fue enterrado en nicho aparte, y sólo con el apellido Rojo. Dice Marieli que incluso la abuela se lo terminó creyendo. Nunca miró para Edu. Había sido engendrado con miedo, como antídoto contra el alejamiento del esposo. También estaba marcado como ilegítimo, algo así como bastardo de pensamiento”

(José Manuel de la Huerga, Apuntes de medicina interna, páginas 168-169)